En el Olimpo de los deportivos, pocos nombres evocan tanta pureza como el Porsche 718. Ya sea en su vertiente Boxster o Cayman, el «pequeño» de Stuttgart siempre fue el coche de los puristas: motor central, equilibrio perfecto y una agilidad que ponía en aprietos incluso al intocable 911. Sin embargo, hace un par de años, Porsche anunció lo que para muchos fue un sacrilegio: la próxima generación sería exclusivamente eléctrica.
Hoy, el proyecto del Porsche 718 eléctrico parece navegar en un mar de dudas, retrasos y rumores de cancelación que huelen a realidad. Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo es posible que una de las marcas más rentables del mundo haya estado a punto de tirar por la borda su legado más deportivo?
El motor central frente a la dictadura de los voltios
La receta del 718 siempre ha sido la ligereza. Pero en el mundo de las baterías, la ligereza no existe. Desde el inicio, el desarrollo del Boxster y Cayman EV se enfrentó a un muro físico. Intentar replicar la dinámica de un coche de motor central con una batería de 500 kilos en el suelo es, sencillamente, ir en contra de las leyes de la física que hicieron grande a Porsche.
A esto se le sumaron los problemas de Cariad (la división de software del Grupo Volkswagen), que ya retrasaron el lanzamiento del Macan eléctrico y que han convertido el desarrollo del 718 en una pesadilla técnica. Porsche se encontró atrapada en una plataforma —la PPE— pensada para SUVs y berlinas de lujo, intentando calzarla en un deportivo biplaza que, por definición, debe ser compacto.

El mercado no es Bruselas
El gran error de cálculo, sin embargo, no fue técnico, sino estratégico. Porsche, como muchas otras marcas europeas, confió ciegamente en que el mercado global seguiría el ritmo de las imposiciones de los despachos de Bruselas. Pero la realidad ha sido un bofetón de realidad:
- China ya no compra Porsche con el mismo ímpetu, prefiriendo marcas locales con tecnología propia.
- Estados Unidos sigue queriendo el rugido de un motor térmico en sus deportivos de fin de semana.
- Europa, con una infraestructura de carga mediocre y una retirada de ayudas a la compra, ha visto cómo las ventas de eléctricos se estancaban peligrosamente.
Porsche se dio cuenta tarde de que un 718 sin el sonido de un bóxer a espaldas del conductor es, para muchos de sus clientes fieles, simplemente un electrodoméstico caro.
El espejismo de la transición forzada
Lo que hemos vivido con el desarrollo de este modelo ha sido una huida hacia adelante. La marca incluso tuvo que anunciar que mantendría el modelo de combustión actual conviviendo con el eléctrico durante un tiempo, una señal clara de que no se fían de su propio invento. Los costes de desarrollo se han disparado y el margen de beneficio —el dios al que reza Stuttgart— empezaba a peligrar.
Se habla de prototipos que no cumplen las expectativas, de una autonomía que se desploma en conducción deportiva (el hábitat natural de un Porsche) y de un desinterés creciente por parte de los concesionarios, que ven cómo el stock de eléctricos empieza a acumular polvo mientras la lista de espera por un GTS térmico es interminable.

La torpeza de una industria a la deriva
Llegados a este punto, hay que decir la verdad: nada de esto es oficial todavía. Sobre el papel, Porsche sigue adelante con su hoja de ruta. Pero este ejercicio de análisis sobre la posible cancelación del 718 eléctrico sirve para poner de manifiesto algo mucho más grave: la absoluta torpeza de la industria automovilística europea.
En lugar de plantearse ante la incompetencia de los políticos europeos, que han legislado de espaldas a la realidad técnica y económica, los grandes fabricantes se dejaron llevar por un arrastre absurdo. En vez de defender la neutralidad tecnológica y el valor de su ingeniería, se plegaron a normativas ideológicas que ahora amenazan con destruir el tejido industrial del continente.
El Porsche 718 eléctrico es el síntoma de una enfermedad mayor: una industria que dejó de escuchar a sus clientes para escuchar a los burócratas. Si finalmente este coche nunca llega a los concesionarios o llega como un producto marginal, no será por falta de ingeniería, sino porque alguien en un despacho de Stuttgart —y de Bruselas— olvidó que los coches, y más los deportivos, se compran con el corazón, no por imperativo legal.
Porsche está a tiempo de salvar su honor, pero la industria europea, en su conjunto, ya ha demostrado que es capaz de lanzarse al vacío solo porque alguien le dijo que estaba prohibido caminar por el suelo.